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Al hablar de una disciplina espiritual es importante conocer su propósito desde el punto de vista espiritual, pues de lo contrario podríamos limitarla a una técnica o práctica religiosa sin valor significativo para nuestras vidas. En su libro Alabanza a la disciplina, Richard Foster expresa lo siguiente:

“El hecho de conocer la técnica no significa que estemos practicando la disciplina. Las disciplinas espirituales son una realidad interna y espiritual; y la actitud interna del corazón es mucho más decisiva que la técnica para llegar a la realidad de la vida espiritual.”[1]

El propósito de la disciplina del estudio, así como el de las demás disciplinas espirituales es “la transformación total de la persona”.[2] A través de ella nuestros viejos hábitos de pensar se irán transformando en hábitos que produzcan vida. En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo escribió: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2, NVI).

Para que nuestra mente sea transformada es importante aplicar las cosas que la renovarán: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8, RVR1960).

Se puede ver a muchas personas que, aunque asisten a la iglesia y se mantienen firmes y fieles en cumplir con las actividades religiosas, no logran cambiar hábitos en sus vidas. Algunas de ellas siguen siendo esclavas de antiguos temores. Aunque buscan adorar y obedecer al Señor Jesucristo como Señor y Salvador siguen en una vida sin cambios.

Dios nos ha dado los medios para lograr la transformación de nuestro espíritu y uno de ellos es el estudio. Jesús expresó: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32, NVI). No son los sentimientos, ni las experiencias espirituales los que nos harán libres, sino el conocimiento de la verdad.

“Muchos están obstaculizados y confusos en la vida espiritual por el simple hecho de que ignoran la verdad. Peor aun, muchos han sido llevados a una esclavitud sumamente cruel por las falsas enseñanzas”[3]

“Grábense estas palabras en el corazón y en la mente; átenlas en sus manos como un signo, y llévenlas en su frente como una marca” (Deuteronomio 11:8, NVI). En este pasaje del Antiguo Testamento podemos ver lo importante que era tener las leyes a la vista. “El propósito de esa instrucción era dirigir la mente repetida y regularmente hacia cierto modo de pensamiento con respecto a Dios y a las relaciones humanas”.[4] En el Nuevo Testamento se reemplaza la ley escrita en los postes por la ley escrita en el corazón: “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos”(Romanos 2:15, RVR1960).

“Una vez más tenemos que hacer hincapié en que los hábitos de pensamiento, que están formados, se conformen al orden de aquello que se está estudiando. Lo que estudiamos determina la clase de hábito que se ha de formar. Esa fue la razón por la que el apóstol Pablo nos insta a concentrar nuestros pensamientos en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable y de buen nombre”.[5]

Con la práctica del estudio aprendemos a analizar y explicar el significado de una palabra y juntamente con la meditación aprenderemos a saborear dicha palabra. El estudio y la meditación de la Palabra de Dios nos llevarán a ver nuestra vida tal como Dios la ve y nos conducirán hacia un proceso de transformación interior. El conocimiento de la verdad nos traerá libertad y luz en aquellas áreas de nuestro ser que tal vez se encuentren todavía en esclavitud.

Según Foster, la disciplina del estudio se podría resumir en cuatro pasos: 1) La repetición, que consiste en concentrar regularmente la mente hacia una dirección determinada, para que de esa manera sean arraigados hábitos de pensamiento. 2) La concentración enfoca la mente. 3) La comprensión nos lleva a la penetración y al discernimiento. 4) La reflexión define el significado de lo que estamos estudiando.

“La reflexión nos lleva a ver las cosas desde el punto de vista de Dios. En la reflexión no sólo llegamos a entender nuestro tema de estudio, sino a entendernos a nosotros mismos. Jesús habló con frecuencia acerca de oídos que no oyen y de ojos que no ven. Cuando ponderamos el significado de lo que estudiamos, llegamos a oír y ver las cosas de una nueva manera.

Pronto se hace obvio que el estudio demanda humildad. El estudio no puede ocurrir mientras no estemos dispuestos a someternos al tema. Tenemos que someternos al sistema. Tenemos que acudir como estudiantes, no como maestros. Y el estudio no sólo depende directamente de la humildad, sino que también conduce a ella. La arrogancia y el espíritu educable se excluyen mutuamente”.[6]

Teniendo en cuenta los grandes beneficios que puede traernos la práctica de esta disciplina, vale la pena invertir el tiempo para el estudio. Probablemente pueda parecer un trabajo un poco duro al principio, pero con el ejercicio continuo y con los maravillosos descubrimientos que vendrán aparejados, el deseo por aprender más, el regocijo y la curiosidad irán en aumento.

 

[1] Foster, R.J. (1986) Alabanza a la disciplina: Ed. Betania, página 18.

[2] (Foster, 1986, 74).

[3] (Foster, 1986, 75).

[4] (Foster, 1986, 76).

[5] (Foster, 1986, 76).

[6] (Foster, 1986, 78).

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