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En una oportunidad me encontraba en la biblioteca de la universidad y de pronto vi a una estudiante a quien un tiempo atrás había conocido en un curso. Nos pusimos a conversar acerca de su carrera y en un momento comenzamos a hablar de la fe. Me sorprendió su relato, pues pese a que ella proviene de una tradición religiosa distinta del cristianismo me contó que quería conocer a Dios y aprender de Su Palabra, también agregó que estaba buscando información en internet, pero que le gustaría que alguien le enseñara de la Biblia. Ante situaciones difíciles o decisiones importantes abría su Biblia para buscar una respuesta de parte de Dios. Me asombró también la forma en que ella sentía que Dios le hablaba y sobre todo que me haya dicho que su intención de acercarse a la Palabra de Dios era para conocerlo y para saber qué pensaba Él de determinadas situaciones de su vida. Quería saber qué era lo que a Él le agradaba.

Luego de despedirnos me fui pensando en todo lo conversado. Muchas cosas venían a mi mente, entre ellas se repetía la idea de cómo una persona tan joven, sin tener conocimientos acerca de Dios podía tener esa sed por Él. Era evidente que Dios estaba interviniendo en su vida, pues no me habló de problemas ni de situaciones difíciles que la estuvieran llevando a buscar una respuesta o el consuelo del Señor. Simplemente la necesidad de conocerlo y de aprender de Su Palabra eran su motivación.

Recordé al eunuco etíope (Hechos 8:26-40), a quien Dios le envió a Felipe para ayudarlo a comprender lo que leía.

Tiempo después de aquel encuentro en la biblioteca, nos volvimos a ver otra vez en la universidad, pero en esta oportunidad hablamos con un poco más de profundidad acerca de la fe y de Jesús. Le pregunté si estaría de acuerdo en que hiciéramos un breve discipulado semanal y aceptó gustosamente y muy motivada. ¡Eso era lo que estaba esperando!

En las horas sucesivas a ese segundo encuentro, me estremeció una vez más el amor, la ternura y la preocupación que el Señor tiene por las personas. Cómo las busca, cómo las guía hacia Él.

Así como recordé al etíope, también recordé a Pablo, a quien le fue asignado Ananías para que orara por él y recobrara la vista (Hechos 9:10-19).

Dios tiene propósitos para cada uno de nosotros, pero es importante que no solo nos quedemos con la vista puesta en el propósito que Él tiene para nosotros en particular, sino que también podamos extender nuestra mirada al propósito que Dios tiene con nuestro prójimo.

Ayudar a encontrar el propósito divino en la vida de otros es también parte de nuestra tarea. Un poco de tiempo o una palabra oportuna dicha con sabiduría pueden hacer una gran diferencia en la vida de una persona.

Finalmente, nunca olvidemos que tal vez esa persona a quien nosotros le estamos dedicando una tarde o unas horas, puede llegar a ser un instrumento muy valioso y de mucha bendición en las manos de Dios.

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