“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2 Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, 3 sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, 4 se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. 5 Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. “

Juan 13:3-5

Me es difícil encontrar en los relatos bíblicos un episodio más revelador de la gloria de Dios en la vida de Jesucristo, fuera de la crucifixión misma, que el lavamiento de los pies a los discípulos.

Cada movimiento del Señor Jesús, al dejar su manto, tomar la toalla, levantar el lebrillo y poner el agua, en silencio y actitud de servicio, cada detalle me viene a la mente como un destello de la gloria de Dios manifestada en un hombre que sabía muy bien quién era, de dónde venía y hacia dónde iba, Dios mismo en la piel de un esclavo.

En la época de Jesús el lavar los pies del amo y de los invitados que llegaban a una casa era una tarea cotidiana reservada al esclavo de más bajo rango, era un signo tan marcado de esclavitud que este oficio, considerado de los más humillantes, estaba reservado sólo a esclavos no judíos.

Por lo general el anfitrión de un lugar se aseguraba de que el servicio de lavado de los pies fuera provisto, sin embargo, en el aposento alto en donde Jesús y los doce iban a tener su cena de Pascua, no había nadie designado para esta tarea.

Podemos especular que los discípulos llegaron al salón donde cenarían, vieron el agua, el lebrillo y las toallas, pero buscaron en vano al sirviente que lavaría sus pies para poder disponerse cómodamente alrededor de la mesa. De todos modos ocuparon sus puestos.

Sin lugar a dudas muchos de ellos, por no decir todos menos Judas el Iscariote, hubieran lavado con gusto los pies del Maestro. Pero hacerse cargo de ese servicio implicaría también lavar los pies del resto de sus pares. El ánimo de los discípulos no daba lugar a tal gesto de inferioridad, exponerse a ser considerado por debajo del resto no tenía cabida en un grupo que desde hacía un tiempo venía ocupando sus mentes y sus corazones con un interrogante para el que parece aún no habían encontrado respuesta satisfactoria: ¿Quién sería entre ellos, de entre los doce del círculo íntimo de Jesús, el más importante?

El evangelio de Lucas nos relata un altercado, una disputa que habían tenido los discípulos poco antes:

“24 Los discípulos tuvieron una discusión sobre cuál de ellos debía ser considerado el más importante. 25 Jesús les dijo: «Entre los paganos, los reyes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y a los jefes se les da el título de benefactores. 26 Pero ustedes no deben ser así. Al contrario, el más importante entre ustedes tiene que hacerse como el más joven, y el que manda tiene que hacerse como el que sirve. 27 Pues ¿quién es más importante, el que se sienta a la mesa a comer o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que se sienta a la mesa? En cambio yo estoy entre ustedes como el que sirve.” (Lucas 22:24-27)

Definitivamente este no era un buen momento para dejar el manto, tomar el lebrillo, la toalla y lavar los pies de nadie.

Me pregunto qué pensaría Juan el Bautista, que a sí mismo se había declarado indigno de desprender la correa de las sandalias del Hijo de Dios, de este grupo de hombres, afortunados como pocos por poder ser testigos presenciales del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, privilegiados por recibir de primera mano las enseñanzas del Maestro, destinados a ser los portadores del mensaje de vida y los pilares de la Iglesia de Jesucristo. ¿Qué pasaba con estos hombres que no se estaban atropellando para tomar el lebrillo y ceñirse la toalla?

Muchas veces nos sucede a nosotros hoy en nuestras iglesias, en nuestros ministerios y en nuestras propias familias que nos perdemos el sumo honor de ser serviciales con nuestro Señor, postrarnos ante los pies del dador de la vida, desprender las sandalias de Aquél al que toda autoridad y poder han sido dados, y lavar los pies del Jesús que nos amó primero y que nos amó hasta fin, por no estar dispuestos en ese mismo acto a hacernos siervos de aquellos a los que no consideramos merecedores de nuestro favor.

Que el Señor nos ayude en su gracia infinita a comprender que lo uno va de la mano de lo otro, constituyen una unidad atómica que no puede dividirse. No podemos lavar dignamente los pies del Rey si no estamos dispuestos a lavar los pies del hermano que tenemos a nuestro lado.

El Señor conocía en detalle a sus doce, la inminente traición de Judas y la necesidad apremiante de anclar la humildad en los corazones de sus discípulos.

No los avergüenza, no los reprende, simplemente los ama, como solo sabe amar un Dios que no ha negado ni a su propio Hijo. Se levanta sin decir palabra, deja su manto, toma el lebrillo, ciñe la toalla y lava los pies de sus discípulos.

No hay corte celestial, ni coro de ángeles, ni majestuoso manto, ni cetro, ni corona que expongan de manera más sencilla y simple la gloria de Dios, que pongan más en evidencia los atributos divinos, que el Rey de Reyes, el creador de todas las cosas, el que es Alfa y Omega, postrado ante sus discípulos, lavando sus pies, dándoles ejemplo y amándoles hasta el fin.

“¿Entienden ustedes lo que les he hecho? 13 Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Maestro y Señor, les he lavado a ustedes los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. 15 Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho. 16 Les aseguro que ningún servidor es más que su señor, y que ningún enviado es más que el que lo envía. 17 Si entienden estas cosas y las ponen en práctica, serán dichosos.” (Juan 13:12-17)