"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos"

(Mateo 5:3,RVR 1960)

En un mundo donde se exalta al que se siente grande, al ganador, al exitoso, y se promueve la riqueza de espíritu, hablar de los pobres en espíritu parecería ir contra la corriente. El pobre es alguien necesitado, que tiene insuficiencia y que depende, en la mayoría de los casos, de un proveedor. Pobres ha habido y habrá siempre; Jesús habló acerca de este tema cuando sus discípulos, luego de que una mujer derramara sobre su cabeza un perfume de gran precio, se enojaran con ella reclamándole que se podría haber vendido ese perfume y dado a los pobres: "...Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis" (Mateo 26:10-11, RVR 1960).

La pobreza a la que hace referencia el texto de Mateo 5:3 está relacionada con el ser interior y no necesariamente con lo material. Se refiere a la insuficiencia espiritual, que es la condición necesaria para acercarse a Dios, reconocer Su grandeza y recibir el mensaje del evangelio. El pobre en espíritu reconoce que solo por Gracia de Dios puede acercarse a Él, y que no hay mérito personal alguno o buena obra que lo pueda conectar con el Creador. Es interesante ver que en las bienaventuranzas no hay lugar para los que se sienten buenos, pues muchas veces eso es un impedimento para llegar al "... Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12:9-10, RVR 1960).

Para reflexionar: ¿Es Dios nuestra necesidad, o estamos demasiado satisfechos de nosotros mismos?