"Siempre doy gracias a mi Dios por ustedes, por la gracia que Dios ha derramado sobre ustedes por medio de Cristo Jesús." 1a.Corintios 1:4-DHH

Hay una palabra que siempre me subyuga, me asombra, me sorprende... es la palabra GRACIA.
Gracia... la comprendo como regalo que viene del corazón de Dios para ser entregada a los seres humanos, sin merecerla... lógicamente. Viene a nosotros en forma de don y no en forma de logro personal.
Solamente un Dios de misericordia y que en su esencia es amor, puede darnos inmerecidamente su perdón permanente, justificarnos ante Él como si en nada le hubiéramos fallado, darnos nuevas oportunidades, y hacer todas las cosas nuevas.
De esta palabra gracia y de toda la bendición que ella conlleva, se derivan otras que son de su familia: agradecimiento, gratitud, gratificación, congratulación, gratuito, agraciado, gracioso...todas cargadas de significados agradables, justamente. Es que todo lo agradable viene de Dios.
Y parte de la gracia del Señor, y una proyección de ella en esta tierra, son aquellos sus hijos fieles que tanto bien hacen al hermano, al amigo, al vecino, al prójimo. Personas que bendicen con sus actitudes, sus palabras, su servicio, con su ejemplo y fidelidad a Dios sin esperar reconocimiento de nadie, sin calcular el tiempo ni el esfuerzo realizado, sin reclamos a Dios ni al hermano... me reconforta poder encontrar nombres cercanos a mí de personas así.
Lamentablemente, y si somos realistas, también hay personas carentes de esa "gracia": hermanos quejosos, críticos (pero sin autocrítica), exigentes, intolerantes, prejuiciosos, con amargura en el corazón, con resentimiento, sin capacidad para perdonar o para pedir perdón.
Un poeta llamado George Herbert decía: "¡Ah, qué pobre cosa es el hombre desprovisto de la gracia!"
Me preocupa pensar que como gente de ciudad que somos y que ya no notamos la contaminación del aire, sin darnos cuenta ya estemos también respirando sin dificultad la atmósfera de la falta de gracia...
Me asusta no darme cuenta si soy yo la que está respirando una atmósfera sin gracia generada por mí misma.
Por eso, no perdamos tiempo en pedir al Señor de la gracia que nos ayude a ser vehículos de ese don, en las pequeñas cosas cotidianas, en donde nos movemos habitualmente: demostrar gracia con mis compañeros de trabajo, aplicarla con mi vecino, ejercerla en mi hogar con la familia, fomentarla y contagiarla en mi iglesia. También en situaciones grandes y más comprometidas; con la persona a quien queremos tanto, pero también con aquella a quien nos cuesta aceptarla; a tener la gracia de no condenar y juzgar tan rápidamente, pero sí de empatizar, de ponernos en el lugar del otro para entender el por qué de su accionar.
Difícil, muy difícil, pero no imposible. Hay mucho más para aprender acerca de este don dado por Dios en este tiempo que también es de la Gracia, pero no hay tiempo que perder.
Quiero concluir entonces compartiendo mi breve oración, deseo de mi corazón:
"Señor, ayúdame a hacer de mi parte todo lo que es posible para ser un instrumento de tu Gracia, y que seas Tú quien con ese don completes mi carencia para hacer lo que es imposible. Amén."


Andrea Alves