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Días pasados, una tarde de sábado gris y bastante fría; compartimos una película en familia, “Como si fuera la primera vez” con Drew Barrymore y Adam Sandler.

Henry (Sandler) conoce y se enamora de Lucy (Barrymore), la mujer perfecta. Pero cuando regresa a verla al día siguiente, ella no tiene la menor idea sobre quién es él. Lucy como consecuencia de un accidente, sufre de un desorden cerebral que hace que cada noche, al dormir, borre de su memoria lo vivido en el día. Sólo tiene recuerdos de lo ocurrido antes de su accidente. Así que Henry tiene que enamorarla cada mañana. Todos los días él debe procurar una ocasión de conocerla, entablar un diálogo y enamorarla. La película trata sobre todo lo que él hace diariamente para relacionarse con ella.

Cuando la pantalla oscureció y aparecieron los créditos, me quedé en la misma posición que estaba; meditando. No pude evitar sentirme identificada en varias ocasiones, con mi relación con Dios.

Muchas veces, al igual que Lucy, sufrimos de un “trastorno de memoria a corto plazo”, y olvidamos rápidamente lo que Dios es en nuestra vida. Y de repente imagino al Señor, cuando me despierto, tratando de generar una ocasión para encontrarme, para impactar en mi vida. Busca que note su presencia y magnificencia en el mismo momento en que abro los ojos, en la luz del sol, en la sonrisa de mi hijo… pero no logra que yo note que está presente. Ni siquiera lo registro.

A medida que avanza el día en múltiples ocasiones obra en mi vida, me cuida, me acompaña, me protege, me habla. A veces lo noto, y a veces no. Eventualmente le respondo y agradezco.

En la película, Henry filma un video, donde le narra a Lucy su situación y encuentra en este recurso, la manera de ahorrarse tiempo del día, coloca el video en su mesa de luz, entonces ella al despertar, lo mira y cuando se encuentra con él, al menos ya sabe quién es.

¿Qué sucedería si cada mañana al despertar encontráramos en nuestra mesa de luz un video con la crucifixión de Jesús? Si pudiéramos observar a Jesucristo dando su vida por nosotros, mostrando su amor de la manera más directa, entregando su propia vida a cambio de la mía. Sé que se vería una imagen muy fuerte, trato de imaginarlo y se me estremece el cuerpo. Pero fue así, por más que quiera tratar de pensar en esa acción de una manera más suave sería engañarme a mi misma: Jesús murió en una cruz, me correspondía a mí porque estaba signada a la muerte eterna y Él ocupó mi lugar, para que yo obtenga la Vida Eterna. Punto.

Debería ser yo quién lo buscara día a día. Yo debería generar el encuentro, yo debería decirle que lo amo, yo debería demostrarle el amor y el agradecimiento. Él no necesita hacerlo, lo hizo hace dos mil años y actualmente lo hace todo el tiempo…

No puedo tener un video con su crucifixión en mi mesa de luz, pero puedo tener mi Biblia donde está impreso todo lo que Jesús hizo por mí. Sin olvidar que cuento con la posibilidad de la oración, donde puedo hablar de manera directa con Dios. Es mi punto de encuentro con Él.

Ahora el desafío es mío y es tuyo. El encuentro ya está planteado. Solo quiero pasar el resto del día con Dios, enamorarme de Él cada vez más. Y sobre todo; ¡Que Él pueda saberlo!

Si pudiera filmar mi propia película, le cambiaría el título. Ya no quiero vivir mi relación con Dios “como si fuera la primera vez”, yo quiero que sea en la certeza de saber que es eterna pero con el ansia y entusiasmo “como si fuera ésta, la última vez”.

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